El podrido hedor de los muertos se quedó conmigo para siempre. Cadáveres de soldados y guerrilleros, yacían desperdigados como hojas secas de un árbol en la calle principal de mi colonia. Recuerdo el tufo infecto de los muertos, entremezclado con la pestilente comida podrida abandonada en la cocina. Ese fue el día que regresamos a Soyapango, luego de huir por varias semanas a la casa de una tía en la colonia Santanita, era noviembre de 1989.

Nunca más, me dije más adelante en el colegio, nunca más.

Ayer sin embargo, regrese a lo que atestigüe al final de una década en la cual perdimos todos, sentí lo que mis padres y abuelos sintieron cuando transitaban por los tumultuosos ochentas: El culto a líderes que lo saben todo, que encarnan (o cuando menos, creen hacerlo) a la patria o lo más puro de un pueblo, el máximo sacerdote de una religión sin dialogo, solo adoración absoluta, el ídolo que parte la tierra en dos predios, el que habitan sus fieles y fanáticos admiradores, añorantes de despedazar al que se oponga, y los enemigos, que son cualquier otro que piense diferente.

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Más concretamente, vi militares que cerraron el paso a periodistas, al escarnio que sometieron a los medios de comunicación, observé un presidente que miente y engaña con el máximo de prepotencia, tirando a la basura la Constitución y las leyes, observé con miedo a la oposición denunciando persecución de la policía, y como parte final asistí aterrorizado, al juramento de fidelidad absoluta que rindieron los soldados a su máximo comandante, y no a la población, ni a los principios más preciados de una democracia.

Perdonen todos, porque en lo anterior tuve la culpa. La desesperación se impuso a la cordura. Entre dos corruptos y decepcionantes timadores, se coló un aprendiz de dictador con sus promesas vacías de cambio (hasta la fecha, ninguna cumplida), y contra lo que advertía mi esposa, lo que señalaron algunos de mis más brillantes alumnos, los antecedentes y los precedentes, le di poder a un fachito de bolsillo.

El error no se repetirá de nuevo. Si mis hijas respiran el hedor de los cadáveres de mis hermanos, no será por mi silencio cómplice, gritare hasta la saciedad a nuestro presidente: LA DEMOCRACIA ES EL ÚNICO CAMINO, un camino de respeto a las leyes, de transparencia y sumisión del que tiene poder al que no lo posee, de tolerancia a la prensa y al que piense diferente. Sobre todo, es un camino que construyen los ciudadanos dialogando, y no los soldados amenazando, ni los caudillos acumulando poder, como el banquero que acumula plata.

Sobre el autor: Oswaldo Feusier es Catedrático de Derecho Penal, de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), abogado litigante en materia Penal, escritor de la Revista Enfoque Jurídico en temas Penales y Constitucionales.