Militarización y teoría crítica. La autodestrucción de la vida civil

“La humanidad no sólo no ha avanzado hacia el reino de la libertad, hacia la plenitud de la Ilustración, sino que más bien retrocede y se hunde en un nuevo género de barbarie” (HORKHEIMER, M. y T. ADORNO; 1998). Esta frase dramática fue escrita en 1944 por dos de los máximos representantes de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, en un contexto histórico marcado por la confusión y la inseguridad, una época que traía consigo una serie de fenómenos sociales muy singulares que amenazaban al desarrollo humano. El fascismo y el antisemitismo estaban en movimiento.

Ahora bien, la República de El Salvador no sólo no ha avanzado hacia el reino de la libertad, hacia el pleno desarrollo de la razón y de la vida civil, sino que más bien retrocede y se hunde en un nuevo género de confusión. Totalitarismo es destrucción y autoritarismo uno de sus caminos. La regresión a un sistema de seguridad pública sustentado en la imposición militar es una regresión aterradora para quienes entienden que la concentración de poder y la habilitación del uso de la fuerza son desfavorables para las sociedades en las que impera la hegemonía de las minorías. Militarización es, naturalmente, autodestrucción de la vida civil.

La militarización es fuerza y la fuerza recae en autoritarismo. No es el temor de ver la sangre sobre los uniformes ni el de oír los disparos de los fusiles el que nos inquieta, sino  de que las mentes que los controlan no logren mantenerse en los límites de la razón. Es claro, pues, que la mente que los manipula no es la de los sujetos que soportan la vestimenta ni de quienes patrullan apuntando sobre el límite del gatillo, sino de quienes controlan y dirigen entre las sombras el aparato estatal en función del ajusticiamiento y la recriminación. A final de cuentas la historia de la recriminación ha sido la historia de los que no son funcionales al sistema.

Así como la Ilustración pensó que podría dominar la naturaleza y superar al mito, así también el salvadoreño piensa que podrá dominar la militarización y las arbitrariedades de su imposición. La Ilustración fracasó al pensar que podría sobreponerse al mito, por cuanto ella misma se convirtió en mito; así como la confianza civil fracasará al creer que la imposición militar es una promesa de salvación social. Ciertamente, la sociedad que exalta la fuerza y deslegitima la razón carece de futuro. Si nadie tolera la violencia y la inseguridad derivada del actuar de individuos o grupos ilegales, mucho menos se tolerará la violencia y el abuso del derecho institucional, aun en sus formas prematuras.

La Ilustración sospechó de sí misma y transmutó como un simple juego de hipótesis, como una serie de teorías que terminaron siendo simples creencias. La Ilustración devino como mito y de pronto no pudo diferenciarse a sí misma de aquel. El mito de la verdad absoluta o del espíritu es muestra de ello. Pero más grave aún, la Ilustración perdió su carácter humanitario y trasmutó como instrumento de imposición, por cuanto el dominio de la naturaleza siempre buscó objetivizar el mundo. “Hoy dominamos la naturaleza en nuestra mera opinión, mientras estamos sometidos a sus necesidades” (HORKHEIMER, M. y T. ADORNO; 1998, p. 60). Hoy aceptamos la confianza militar, pero mañana estaremos sometidos a su tiranía. El militar es un dictador, y sobre esto no hay nada más que decir.

El problema de la militarización no está sólo en sus causas, sino también en sus efectos. Una sociedad que se doblega al uso de la fuerza es una sociedad que no ha logrado avanzar en el desarrollo del entendimiento. Cuando la fuerza se contrae y se acumula, entonces sus vicios están listos para expandirse. Facilitar la concentración de poder y no prestar la más mínima resistencia es sinónimo de cobardía. Toda protesta contra el abuso del derecho es un acto de nobleza, pero toda protesta sin claridad y programación es un desperdicio de tiempo. El romanticismo de la defensa nacional y la inercia de la venganza es el factor común del ciudadano malentendido, porque para cada dolor experimentado busca a alguien a quien culpar. Culpar no es un error, pero hacerlo de manera indiscriminada si lo es. Lamentablemente cuando una sociedad sufre en exceso los despreciados terminan siendo los culpables.

La frontera de la inseguridad pública y de la arbitrariedad militar es microscópica. Un paso en falso hacia cualquier lado y el individuo se convierte en presa de la autodestrucción. En la actualidad el programa de la militarización es un programa político, mientras el desencantamiento de la seguridad civil es otra estrategia del mismo significado. No es de prudentes aceptar el riesgo que no se debe enfrentar y despreciar el derecho que se debe disfrutar. Además, inquieta saber que algunos prefieren renunciar a sus posibilidades de libertad y aceptar la imposición militar, en lugar de sacrificar la comodidad y exigir el cumplimiento del deber legal: la seguridad pública está a cargo de cuerpos civiles y es con ellos con quienes se debe tratar.

“Solo el pensamiento que se hace violencia a sí mismo es lo suficientemente duro para quebrar los mitos” (HORKHEIMER, M. y T. ADORNO; 1998, p. 60); así como sólo la furia del recuerdo razonado es capaz de quebrar el retorno al pasado. Aceptar la imposición militar y solapar el colapso del programa gubernamental de la seguridad civil, trae, lamentablemente, efectos similares al acto de ganar una gallina y perder una vaca.

Referencia:

HORKHEIMER, M. y T. W. ADORNO, Dialéctica de la Ilustración, traducción de Juan José Sánchez, 3.ª ed., Editorial Trotta, Madrid, 1998.