Mitología e independencia.

La independencia de una nación no es solamente un fenómeno histórico, podrá tener una fecha y una explicación, pero jamás se agotará en la instancia de su memoria. Más bien es un fenómeno espiritual y social. Lo espiritual es la identidad de un pueblo que se sabe autodeterminar y lo social es la conciencia y práctica concreta de esa autodeterminación.

Una sociedad que vive en opresión y que procura ese estilo de vida no tiene derecho a celebrar la independencia, pues el vigor de un derecho está en la violencia de la práctica que lo confirma.

Ningún país será independiente mientras sus habitantes sigan siendo oprimidos dentro o fuera de sus fronteras, sin poder hacer algo en beneficio de ellos. Ninguna nación es más esclava que aquella que cree ofrecerles libertades a sus ciudadanos; es esclava no sólo de su discurso, sino también de su configuración histórica.

No se concibe la independencia sin la libertad, ni la libertad sin la responsabilidad. Cualquier sujeto que esté determinado por otro es un sujeto arrojado sobre el mundo cuya libertad es ilusoria. No es libertinaje ni arbitrariedad, mucho menos es irresponsabilidad. La libertad tiene límites internos, pues todo sujeto es libre dentro de las responsabilidades que su propia actuación le impone. Lo mismo aplica para las naciones-Estados. Esto no es una contradicción ni una tautología, es, más bien, la relación dialéctica que impone el sentido común.

Si se dijo que ser joven y no ser revolucionario es hasta una contradicción biológica, fácilmente se podría decir que festejar la independencia y vivir en la opresión es una contradicción moral.

Además, es una ofensa y una burla al sentido común. El festejo es abusivo y la irreflexión onerosa, porque se festeja la imposición y no se reflexiona en su costo. El mito es irreflexivo y su creencia agraviante. Rendir culto a los símbolos patrios es gratificante para alguien que no ha comprendió que es más gratificante rendir culto al bienestar humano.

El verdadero espíritu ilustrado celebra la independencia, reclama sus libertades, ejerce sus derechos y los comparte con otros. Pero nunca celebra la independencia y se esclaviza a sí mismo. Ni patria ni libertad cuando no existe razón y humanidad. La patria es un mito y su admiración una forma de dominación. El necio saluda la patria que lo oprime y su orgullo hace de ella una alucinación.

Menos monumentos y más justicia dice el entendido, pero la razón instrumental de una historia sin sentido no le presta la atención que amerita. Rapsodia para los próceres y olvido para los mártires. Pero todo olvido trae su venganza. La mitología profana la verdad y ésta, corrompida en su esencia, se invierte como instrumento de engaño. Sin embargo, la verdad sigue el movimiento de la historia, hasta que por fin se revela y juzga a los culpables. Y es aquí cuando se sabe que la verdad no calla y el recuerdo no perdona.

El mito impone una patria que se respeta y, al mismo tiempo, ampara a los funcionarios que la irrespetan. El mito es ciego para sí mismo, pues defiende lo que no existe y comparte lo que no tiene.

Esta clase de mito es funcional a un sistema que es incompatible con el progreso social. Así como el sistema imperante deja las funciones que no cumple en manos del Estado, el presente deja en manos del pasado las glorias que no cuenta. Sin embargo, nadie vive de glorias pasadas.

La independencia centroamericana se revela como una falsa virtud colectiva, donde unos celebran lo que no saben y otros celebran lo que dicen saber. Es verdad que quitarse el peso de “la corona” no es una posibilidad de los siervos, pero mucho más cierto es que el valor de denunciar esa mentira es una posibilidad para cualquiera. El grito de independencia no significa un salto de libertad, pues toda emancipación está aparejada de nuevos modelos de prohibición.

Dependiente es la sociedad que no sabe pensar, porque al final de cuentas alguien debe hacerlo en su lugar. Una sociedad que piensa es una sociedad que entiende que la verdadera independencia no está en el pasado, sino en el presente; que no se alza en monumentos, sino en relaciones humanas; que no se ampara en el mito, sino en la razón.

Una nación verdaderamente independiente no permitiría funcionarios corruptos y no dejaría que sus habitantes fueran despreciados como dreamers fuera de sus fronteras.

No se promueve, pues, el desencantamiento del programa patriótico, sino el desprecio de su reflexión irresponsable. Resulta que la independencia, para ser independencia, debe probar su utilidad. “Dios, Unión y Libertad” es un discurso encantador que no encantará a ninguno mientras la independencia no revele su verdad y mientras no destruya sus mitos. Una nación independencia confirma como independientes a sus ciudadanos. La mitología, en cambio, niega lo que dice confirmar.