En 1964, una chica con un certificado de salud en la mano, indispensable para que ella viajara en tren rumbo a Hamburgo, Alemania, inspiró a John Lennon a escribir una famosa canción interpretada por “The Beatles”, llamada “Ticket to ride”; el autor notó que a él no se le requería este certificado y esto no le pareció normal.

Lo que no le pareció normal es que se hiciera una diferenciación entre dos personas por el único hecho de que una de ellas era mujer.

Definitivamente no es fácil adquirir esa conciencia, pues la dominación del hombre sobre la mujer, se ha dado desde que la humanidad pasó del nomadismo al sedentarismo; es decir, esta forma de opresión es tan antigua, que tanto hombres como mujeres la hemos aprehendido como “natural”; en aquel singular momento de la historia antigua, se hizo un reparto de los roles en función del sexo, pues las mujeres, se encargaron del cuidado del hogar y de los hijos, mientras que los hombres salían a cazar y el excedente de la caza, podía ser comercializado por ellos, lo que permitió a los hombres acumular riquezas, situación que no ocurría con las mujeres.

Si el punto de partida se encuentra tan atrás en la historia de la humanidad y ha sido tan largamente perpetuado durante miles de años, se ha internalizado generación tras generación lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”, es lógico que los conceptos de “género”, “androcentrismo”, “masculinidad hegemónica” y un largo etcétera, encuentren férreos opositores, no sólo en el campo jurídico, sino en todos los campos del saber humano; por ello, se requiere de un esfuerzo continuo, cotidiano, sostenido para tomar conciencia de que en cada situación, podemos elegir entre dar continuidad a este sistema opresivo o (aunque signifique luchar contra una prolongada historia de aleccionamiento), cambiar nuestra forma de pensar, de actuar, de decir, en favor de la verdadera igualdad, tal como lo hizo el artista que mencioné al principio.

El patriarcado, el androcentrismo, la masculinidad hegemónica, encuentran campo fértil en los medios de comunicación, en las escuelas, en los hogares… pero también las escuelas de Derecho, nuestras escuelas de Derecho, también le sirven a este sistema, a través de la invisibilización de los aportes de mujeres intelectuales del Derecho, a través del estudio, repetición y aplicación de normas hechas por hombres y para hombres como parámetro de lo humano, etc. si bien es cierto, en épocas anteriores, no habían muchas mujeres que hicieran teoría del Derecho, nunca se ha debido a una incapacidad de las mismas, sino a que no tenían oportunidades de salir “de la vida privada” (hogar), a las labores de “la vida pública”, pues estaban ocupadas en labores de cuidado, cumpliendo con ese rol impuesto desde hace tanto tiempo ya.

En épocas más recientes, cuando las mujeres empezaron a reivindicar su Derecho a tener un espacio dentro de “la vida pública”, muchas incursionaron en el área del Derecho, pero la sociedad les “concedió” este derecho a cambio de que no dejaran de lado su trabajo en el hogar, eso generó para las mujeres (y aún sigue generando en la actualidad) jornadas dobles y hasta triples, lo que les dejaba poco tiempo para aventurarse a teorizar, y aquellas que sí se han logrado hacer muchísimos aportes intelectuales, son cruelmente invisibilizadas, pues hagamos memoria, a qué autora destacada estudiamos en la universidad, y si las estudiamos, pensemos en cuántas.

En razón de ello, el paso número uno para tener una visión diferente del Derecho (y de la vida en general) es la sensibilización, es el entendimiento de que este no es un tema de hombres y mujeres, sino de la humanidad, porque una vez se tiene la sensibilidad necesaria es posible distinguir cuándo una norma invisibiliza, discrimina o incluso criminaliza a la mujer, por el simple hecho de serlo. En palabras breves y sencillas, ése es precisamente el “Enfoque de Género en el Derecho”, es tomar conciencia de que hombres y mujeres han sido situados en lugares diferentes por la historia y por la sociedad, es pensar que existe una asimetría en las relaciones entre hombres y mujeres, y si no se toma en cuenta esta diferenciación impuesta, una misma norma, puede ser aplicada de forma diferente, dependiendo del sexo de la persona a la que es aplicada.

Por ejemplo, cuando en el área de Familia, se dice que el Cuidado Personal de los hijos menores de edad, “se conferirá al progenitor que reúna las mejores condiciones para ejercerlo”, en teoría, estamos ante una norma “neutra”; pero, cuando esta norma va a aplicarse al caso concreto, puede existir un factor condicionante o una preconcepción en el juzgador o juzgadora que les lleve a pensar que es tarea únicamente de la madre ejercer las labores de cuidado y del padre la manutención económica de los hijos, lo cual a la hora de resolver el conflicto trae graves distorsiones de lo que significa “las mejores condiciones”. Así hay muchísimos ejemplos, como cuando a las mujeres se les criminaliza por tener emergencias obstétricas.

Por otro lado tenemos normas como la CEDAW o la Convención Belém do Pará, que pretenden aminorar y finalmente erradicar esta condición de asimetría entre hombres y mujeres, y si no tenemos un Enfoque de Género, podemos no aplicarlas en nuestro quehacer jurídico o en el peor de los casos incluso considerarlas discriminatorias para el hombre.

En nuestros países latinoamericanos pocos esfuerzos se hacen para que la desigualdad entre hombres y mujeres se suprima, nuestra cultura, nuestra economía, incluso nuestras familias, no logran apreciar índices altos de mujeres víctimas de trata, de humillación, de invisibilización, el doble o triple esfuerzo para ser tomadas en cuenta, del maltrato o violencia en general, basta dar una mirada en nuestro alrededor y darnos cuenta de ello, en nuestros hogares en nuestro trabajo, por eso corresponde desde nuestras experiencias identificar esta forma desigual de vivir, sensibilizarnos para evitar ser agentes del patriarcado, más bien poder ser agentes de la igualdad entre seres humanos, y de esa manera entender que no se necesitan certificados de salud para viajar, para trabajar, para valorar o “autorizar” a una mujer por el simple hecho de ser mujer.