Autora: Silvia Cristina Pérez Sánchez*

Si existiese un post con una frase como “Like quien ame a su hijo”, seguramente serían muchos los “me gusta” que tuviera esa publicación. Y es que nadie controvierte que los padres aman a sus hijos, y tampoco que todos desean lo mejor para ellos. Pero –es una realidad– que hay amores que pueden llevarnos a ser posesivos y egoístas; quizá a veces sin siquiera percatamos sobre ello.

El amor a los hijos –como todo amor– no está exento a tener defectos. Y es que no existe un manual que nos haga ser los mejores padres o madres. Es algo connatural y que pone a prueba la madurez emocional de cada padre o madre, en la orientación que puede dar a otra persona más pequeña y quizá, es algo sobre lo que constantemente nos cuestionamos. ¿Será que hice bien? ¿Será que si le digo que “sí” a mi hijo será lo adecuado? ¿Y si lo contradigo mi hijo lo tomará a mal? Interrogantes normales, que surgirán a lo largo de la vida entera, pues un hijo no es un compromiso “por un tiempo”, un hijo es lo único que no pasa a ser un “ex”, un hijo es un amor para siempre.

Usualmente cuando los padres se separan, existe una línea muy difusa para distinguir las aptitudes maritales y las parentales y esto ocurre porque al suscitarse la separación, disminuye –casi automáticamente– la capacidad de ver con objetividad al otro progenitor, en quien muchas veces solo se ve reflejado un contendiente.

Usualmente después de la ruptura, y si se elige un modelo de cuidado personal monoparental, es frecuente –no necesario– que se intensifiquen las disfunciones vinculares entre la pareja y que esto derive en el  incumplimiento de los derechos de contacto y comunicación de los niños, lo que resulta a nivel psicológico en un severo menoscabo para los derechos y superior interés de los niños.

Hace unos años muy pocos mencionaban el término “alienación parental” y hoy pareciera que su uso ha proliferado en la mayoría –por no decir en todos– los procesos familiares. Será entonces que ¿antes no existía y ahora sí?

Tengo para mí – a riesgo de parecer ambigua – que en realidad no es que en todos los casos exista y que tampoco en todos los casos no existe. No todos los padres la “sufren”, a pesar de “percibirla”, pero también existen algunos que sí la “padecen” y quizá no la perciben. Lo cierto es que sí es una tendencia.

En definitiva no creo en la conveniencia de quedarse con un término que aún no encuentra su basamento jurídico y/o psicológico y que resulta ser incluso cuestionado, a pesar que, algunas legislaciones como la mexicana ya lo acuñan –de forma muy sabia– inclusive como una forma de violencia intrafamiliar. (Art. 323 septimus del Código Civil del Distrito Federal).

Tal vez, se debe llegar a concluir que la alienación parental no existe. Pero, lo que sí existen son -como lo sostienen Husni y Rivas en su libro “Familias en litigio perspectiva psicosocial”-, la enorme gama de argumentos posibles para alejar o excluir al otro progenitor de la crianza del hijo o hija, y esto tiene su génesis en que son los padres y madres quienes con sus acciones directas (abierta) o indirectas (encubierta), persiguen destruir (en los casos más graves), limitar u obstaculizar (en los casos más “sutiles”), el derecho de contacto con el hijo o hija.

Y se habla de acciones indirectas porque no en todos los casos es notorio, a veces de una manera casi imperceptible pero voluntaria, se trata de incidir o “indisponer” a los hijos o hijas respecto del otro progenitor.

Y puede ser aún peor, pues a veces hasta se comete el error de delegar a los mismos hijos la tarea de “confrontar” a su padre, y que sean ellos los que digan “papá (o mamá) no quiero verte” “me incomodas”, para tener la excusa de decir “es que no soy yo quien le niega, es el niño el que no quiere verlo y hay que respetarlo”, casi olvidándose que los padres tienen el deber de orientación y corrección conforme al artículo 215 del Código de Familia y que el padre o madre que tienen el cuidado personal, tienen como obligación, propiciar o alentar el vínculo para intensificarlo y hacer menos tangible para el niño la separación, a menos de resultar riesgoso o peligroso.

Se olvida que no se puede pretender reclamar al niño como si fuese una “pertenencia” exclusiva. Escuchar la opinión de los hijos no significa no contradecirlos, también se les escucha orientándolos y corrigiéndolos sobre lo que no están de acuerdo o no quieren hacer, sino como muy atinadamente escuché de un padre de familia, ¿Cuántos niños no irían al colegio porque muchos “no quieren ir”? y sin embargo, como padres y madres, hay que orientarlos y manifestarles las ventajas de una buena preparación y se les convence para que vayan.

Y si se puede hacer con un derecho fundamental como la educación, por qué no hacerlo con otro derecho fundamental como el contacto que debe tener con el progenitor que no ejerce su cuidado personal, tal como lo dice la Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia en su artículo 79 o la Convención sobre los Derechos del Niño en el artículo 9.3 cuando establece que “Los Estados Partes respetarán el derecho del niño que esté separado de uno o de ambos padres a mantener relaciones personales y contacto directo con ambos padres de modo regular, salvo si ello es contrario al interés superior del niño”.

Definitivamente las relaciones interpersonales son las más difíciles de sobrellevar, pero no se deja de ser padre o madre por dejar de ser pareja, es indispensable crear consciencia que un hijo necesita de su madre y de su padre por igual, que una formación sin alguno de ellos pudiendo tenerla, estaría incompleta, hace falta comprender que nunca se compite por un hijo, que es normal que un hijo ame por igual a ambos padres, que tanto papá y mamá están capacitados para cuidarlo y sobre todo protegerlo y orientarlo; y por supuesto, hace falta comprender por parte de los abogados que representamos a esos padres o madres, que hay que actuar sobre la base de la ética y de la veracidad, y que se tiene un inalienable derecho de objeción de conciencia, para poder orientar y delimitar verdaderamente a un padre o madre cuando existe o no una influencia negativa.

Lo malo no es que se argumente una influencia negativa en un proceso, lo malo es que se utilice como una argucia jurídica que finalmente solo perjudicaría un derecho fundamental, lo malo es que en pleno apogeo del Sistema de Protección Integral, se instrumentalice a los niños, niñas y adolescentes viéndolos como una forma de “reparar” los daños que se causen los padres en la contienda o como un “trofeo”, cuando en realidad todos estamos llamados, con prioridad absoluta, a reconocer sus derechos y no a violarlos.

Hay muchas más cosas qué decir, es un tema que no se puede agotar fácilmente, pero hay que buscar un punto de partida, y el punto de partida puede ser encontrarnos identificados con situaciones como estas y buscar un subsistema para su mejor tratamiento ético, jurídico e inclusive psicológico, pero lo más importante es –como le dije al coautor intelectual de este artículo–: ¡Un padre nunca debe dejar de luchar por un hijo!.

*Sobre la autora: Maestra en Derecho Familiar (UEES), Licenciada en Ciencias Jurídicas (UCA), Actualmente abogada en el libre ejercicio, especializada en Derecho de Familia. Notario. Docente Universitaria en Derecho de Familia y Procesal de Familia.