Isabel, es la mayor de cinco hermanos, originaria de un cantón recóndito, ubicado en la frontera de El Salvador con Honduras, en el desolado municipio de Victoria, departamento de Cabañas.

A sus 19 años, por primera vez, Isabel, viajó en autobús los más de 100 kilómetros que separan a su cantón de la capital salvadoreña para trabajar como empleada doméstica de una pareja de empresarios, principalmente, para cuidar y alimentar a sus tres hijos de 4, 10 y 14 años.

Por ser la mayor, Isabel, siempre ha ayudado a su madre con el cuidado, aseo y alimentación de sus cuatro hermanos menores. El padre de Isabel los abandonó cuando eran pequeños, por lo que ha sido su madre quien se las ha tenido que arreglar sola para sacarlos adelante.

Isabel, ha aprovechado todas las oportunidades que existen en su cantón, conoce muy bien el trabajo de la agricultura (principalmente el cultivo de maíz, frijoles y maicillo) que ha realizado junto a su madre para sacar adelante a la familia. Isabel aprovechó también las oportunidades de estudio y se graduó de bachillerato, intentó ir a la universidad pero no encontró quien financiara sus estudios.

Su primer trabajo, diferente a la agricultura consistió en cuidar niños, “luego de salir de bachillerato trabajé cuidando a dos niños aquí en la comunidad, los niños, uno de siete meses y el otro de dos años, habían venido de Estados Unidos de América, los papás los habían enviado para donde los abuelos mientras se criaban un poquito. Los cuidaba durante el día, les preparaba sus alimentos, se los daba, los aseaba, lavaba, arreglaba la casa y paseaba a los niños para que no se aburrieran, por eso me pagaban ochenta dólares al mes ($80)”, cuenta Isabel.

Después de un año, Isabel, dejó el trabajo anterior debido a que una prima, quien trabajaba como empleada doméstica en San Salvador, le comentó que su patrona estaba necesitando otra muchacha en la misma casa donde estaba ella, que ofrecía 160 dólares al mes por ese trabajo. “Le dije a mi prima que yo no conocía San Salvador, que nunca me había separado de mi familia y que me daba miedo que me fuera pasar algo por esos lados. Ella me dijo que no me preocupara, que ella ya conocía y que además juntas nos iríamos y nos vendríamos los días de descanso para la casa, así que acepté y me fui para San Salvador. Los primeros días fueron muy difíciles, no me adaptaba, nunca había estado lejos de la familia y nunca me había acostado tan noche como lo hacia ahí, me desvelaba todas las noches.”

Según Isabel, el trabajo era súper fácil, ella y su prima tenían que limpiar la casa, planchar, lavar, hacer la comida y preparar a los niños para que fueran al colegio. Sim embargo habían un par de cosas que no le gustaban a Isabel, entre ellas estaba el desvelo al que se exponía todas las noches. “Los patrones salían casi todos los días y llegaban a las 12 o a la una de la madrugada, y teníamos que estar despiertas hasta que ellos llegaran, porque no podíamos dejar a los niños durmiendo solos, teníamos que estar viéndolos cada rato, porque ellos dormían en la segunda planta y nosotros en la primera, entonces no nos podíamos acostar mientras ellos no llegaran. Lo bueno era en la mañana para nosotras, porque teníamos que levantarnos a las 4 o 4.30 de la mañana, porque los niños se iban a las 6 para el colegio, había que darles desayuno y prepararles lonchera. Amanecíamos tan desveladas. Cada centavo de esos 160 dólares que nos daban nos costaba el alma y la vida.”

Otra de las cosas que no le gustaba a Isabel del trabajo era que “los niños para todo nos llamaban, no nos dejaban comer tranquilas, querían que les buscáramos hasta la ropa que se iban a poner, poco faltó para que les diéramos la comida en la boca, no hacían absolutamente nada, a pesar que estaban grandes no recogían ni los juguetes, nos decían que nosotras éramos sus empleadas y por eso les teníamos que hacer todo, que para eso nos pagaban para que les sirviéramos a ellos, a veces lo hacían para hacernos sentir mal”.

Aun lo anterior lo aceptaba Isabel, así como vivir en un “cuartito pequeñito” con una cama y un baño, las humillaciones, los desprecios de los niños que cuidaba y visitar una vez al mes a su familia, pues si bien tenía permiso para visitarlos cada quince días, lo hacía para ahorrar dinero; pero lo que no soportó fue el acoso sexual que sufría de parte del “cipote” que tenia 14 años.

“El cipote más grande cuando cumplió los catorce años se puso agresivo, y comenzó a querernos tocar. Cuando andábamos haciendo la limpieza nos seguía por toda la casa para tocarnos las nalgas, nosotras nos corríamos por toda aquella casa, que era grandota, de dos plantas, le decíamos que no lo hiciera, que le diríamos a los patrones, pero él nos decía que no nos creerían a nosotras, que nosotras éramos unas simples sirvientas, que habíamos llegado ahí para servirles a ellos, que teníamos que hacer todo lo que nos pidieran, que para eso nos pagaban”.

Según Isabel, con el tiempo el cipote las “molestaba” más y quería que le hicieran cosas, “quería que le estuviéramos tocando la cara, que le sobáramos  los pechos, le decíamos que eso era acoso sexual, que le diríamos a la mamá y él siempre decía que nos acusaría de mentirosas, que a nosotras nunca nos creerían, que nosotras éramos unas simple sirvientas que no habían estudiado, que no sabíamos nada, que no podíamos ni hablar. Solo porque ellos iban a los mejores colegios nos hacia sentir menos que ellos, nos botaba el autoestima, nos decía que le creerían más a él porque era el hijo. La verdad es que nos hacía sentir mal y teníamos miedo que no nos creyeran y perdiéramos el trabajo con el cual ayudábamos a nuestra familia. Así que en algunas veces teníamos que jugarle el pelo, la boca y el pecho. Pero después quería que nos dejáramos tocar, quería hacer lo mismo, quería tocarnos los pechos, quería que le mostráramos los pechos, una vez a mi prima la encerró en el cuarto y la hizo que se quitara el brassier obligadamente, y en ese momento llego la patrona, mi prima bien afligida ni hallaba como ponerse el brassier, imagínese si la hubiese encontrado la patrona sin brassier, hubiese dicho que ella estaba abuzando de su hijo  y la hubiese corrido o tal vez la hubiese metido presa porque el cipote era menor de edad.”

Después de lo anterior, la prima de Isabel pido permiso para ir a visitar a su familia y nunca más regresó. Isabel no podía darse ese lujo, pues tenía que ayudar a su madre a mantener a sus cuatro hermanos, tenía más necesidad, cada mes  su salario lo utilizaba para comprar las productos básicos de la alimentación de la familia, así como para pagar las cuotas de la refrigeradora, la cocina, las camas, el juego de comedor y la televisión que con el tiempo había comprado a su familia. Se quedó un par de meses más, mientras podía manejar al cipote de catorce años quien, según Isabel,  parecía de 18, “era un cipote grandote y bien gordo, tenia una gran fuerza, la mamá lo tenía a dieta, teníamos una lista de las cosas que podía comer porque estaba obeso, parecía de 18 años, era enorme, no parecía que tuviera 14 años.”

Isabel aguantó lo más que pudo en su trabajo, el cual era más pesado porque su prima nunca volvió, pero un día sucedió algo que la llevó a tomar la misma decisión de su prima.

Una noche que los patrones habían salido a cenar, me siguió por toda la casa, quería tocarme, ese día no se que le pasó, nunca se había puesto así, me corrí por toda la casa, me encerré en mi cuarto, pero como la llave de mi cuarto era sencilla,  y él gran bicho con mucha fuerza, la abrió de un solo golpe, me agarró de las manos, me tiró a la cama y me prensó las piernas con las de él para que no me moviera, comenzó a besarme, yo hacía fuerzas, queriéndome soltar,  me sentí desesperada, él me besaba la cara, la boca, el cuello y la parte de los pechos a la fuerza…, cuando ya no puede soltarme comencé a llorar, a llorar, y él continuo besándome, yo queriéndome soltar con todas mis fuerzas, en una de esas él puso la rodilla en un bordo de la cama, y como era una cama sencilla, se quebró de un solo, cuando vio que se quebró la cama, se asustó y me soltó, yo continuaba llorando, y en ese momento llego la mamá y me encontró llorando, me encontró toda despeinada, tenía rojas las manos, el cuello, el pecho, a saber que hubiese pasado si no se hubiese quebrado la cama y si no hubiese llegado la patrona porque yo no me podía soltar, no se que hubiese pasado.”

Isabel recuerda que ese día sí se asustó, que le contó todo a la patrona, que le dijo como las había estado acosando tiempo atrás, como las humillaba, que por eso se había ido su prima y que no le había dicho porque tenían miedo que no les creyera y que las corriera, que tenían miedo perder el trabajo y perder la oportunidad de ayudar a su familia.

La patrona se llevó al hijo para la segunda planta, y después de un rato “bajo y me pidió perdón, me dijo que eso nunca más iba a volver a pasar, me dijo que habían llegado a un acuerdo,  que yo nunca más me quedaría a solas con él, que él iba a lavar su ropa, y que le diría al papá porque a él si le tenía miedo el cipote. Yo le dije que no me quedaría más tiempo, que ya había decidido venirme, la patrona me pagó los días laborados y me dio cincuenta dólares extras. Desde ese día nunca más volví a saber de ellos.” 

Al interrogar a Isabel sobre por qué no denunció con la policía lo que había ocurrido, de una forma natural me contesta, “apenas sabía cuales rutas de buses agarrar para llegar a la casa que estaba ahí arriba del estadio Cuscatlán, como iba andar dando vueltas para denunciar al hijo de dos empresarios, la señora es dueña de una sala de belleza y el señor es dueño de unas farmacias… (Omitimos el nombre por no ser el objeto de este artículo), mejor decidí venirme para la casa de mi familia, es más, ni a mi familia le he contado lo que sucedió, me da vergüenza contarles, cuando me preguntaron les dije que estaba muy difícil el trabajo, que ya no aguantaba los desvelos y que por eso me vine”.

Isabel, menciona que trabajó 3 años y su prima 5 con la referida familia, a quienes se refiere como buenas personas, y que al momento de renunciar a su trabajo tenía un salario de doscientos quince dólares. También reconoce que nunca la inscribieron en el Seguro Social ni mucho menos en el Sistema de Pensiones. Después de regresar a su comunidad la han buscado varias personas para que nuevamente trabaje como empleada doméstica en San Salvador, sobre esto Isabel comenta “he quedado con mucho miedo de pasar por algo así nuevamente, si de la primera me salve es probable que en la otra si no me salve. Hay muchas mujeres que cuentan que las han violado los patrones o los hijos de estos, así que mejor me quedo comiendo frijoles en casa bien tranquila. He metido currículos para trabajar en alguna farmacia o cajera en alguna tienda o súper en Sensuntepeque pero esta difícil la situación.”

Las experiencias de empleadas domesticas que son humilladas y hasta violadas por los patrones o los hijos de estos, lamentablemente es una realidad en nuestro país. En el año 2013 el periódico digital El Faro publicó un reportaje denominado “Las Esclavas del Servicio Doméstico”, donde mujeres, al igual que Isabel, rompen el silencio para contar las historias de desprecio en su trabajo donde “visten uniforme, tienen horario, tareas y salario de explotación, sufren humillación, acoso, violaciones…”.

Al igual que Isabel, para muchas mujeres de las zonas rurales del país emplearse como trabajadoras domésticas es una alternativa ante la ausencia de oportunidades de empleo en sus lugares de origen.  La gran mayoría de ellas hace su trabajo en condiciones muy precarias.   Es común que, como queda evidenciado en la experiencia de Isabel,  laboren más de ocho horas diarias, no gocen de su día de descanso semanal ni de vacaciones anuales, y que reciban un salario inferior al mínimo. Y están en clara desventaja a la hora de reclamar el cumplimiento de sus derechos laborales, pues los desconocen o no pueden exigirlos debido a que no cuentan con ningún sistema de protección laboral y tienen miedo perder su empleo, que es la única forma de mantener a sus hijos, y en el caso de Isabel, a su hermanos.

Luego de conocer la historia de Isabel la convencí que me permitiera escribir al respecto, utilizando otro nombre para guardar su identidad, con el objeto de hacer conciencia en las familias que tienen el privilegio de contar con una persona que les presta este tipo de servicio, el cual es súper importante y supone una enorme responsabilidad pues casi siempre les entregamos el cuidado de nuestros hijos. No nos olvidemos que son seres humanos, que tienen hijos, hermanos y padres que alimentar, con quien se merecen estar, a quienes extrañan y quisieran disfrutar todos los días, así como nosotros disfrutamos a los nuestros.

También, no olvidemos que cuidan el mayor tesoro que tenemos, nuestros hijos, a quienes muchas veces conocen y protegen mejor que los propios padres. Es común ver a muchas familias que llevan a los centros comerciales a sus empleadas para que cuiden de sus hijos mientras ellos están pendientes de sus celulares, olvidando quienes son realmente los padres. Tratemos a las empleadas domésticas con dignidad, respeto y sobre todo colaboremos en el trabajo del hogar, hablemos con nuestros hijos adolescentes para evitar incidentes como el narrado por Isabel. Enseños a nuestros hijos a que apoyen en el trabajo del hogar, quienes deben asumir responsabilidades, por ejemplo guardar los juguetes, levantar los trastes de la mesa, buscar la ropa que  van a vestir, de lo contrario les estaremos enviando el mensaje que pueden hacer lo que quieran, hacer cualquier desastres sin ninguna responsabilidad pues siempre habrá gente pobre que limpiará y resolverá sus problemas a cambio de un par de dólares.

Si deseas citar este artículo, hazlo así:

GUARDADO, SANTOS. “ISABEL, LA EMPLEADA DOMÉSTICA QUE RENUNCIÓ A SU TRABAJO PARA EVITAR SER VIOLADA”. Publicado en la Revista Jurídica Digital “Enfoque Jurídico” el 04 de julio del 2016. http://www.enfoquejuridico.info/wp/archivos/5282