El derecho de dominio o propiedad
El derecho de dominio o propiedad

En esta oportunidad se hablará del derecho de “dominio” o “propiedad”, prerrogativa a veces oscura y a veces noble que determina el conjunto de transacciones interpersonales que tienen lugar en las sociedades civilizadas bajo el haz del poder adquisitivo o liberatorio; facultad ligeramente grosera o sutil que segrega y reprime o agrega y exalta las relaciones pacíficas o antagónicas entre los sujetos de derecho; invención arcaica que en la actualidad se adhiere al modo de producción–consumo del capitalismo, al sistema ideológico del liberalismo, al régimen de producción industrial y a la interiorización de las pautas de orientación de valor de la humanidad. Se intentará explicar cómo opera ese “derecho” que se dice ser un dominio, una propiedad, un título, una legitimidad, o, a final de cuentas, una razón de posesión.

Dimensión legal

El Código Civil (CC), texto normativo que data de 1860 y que se encuentra vigente en la República de El Salvador, en su artículo 568 dispone que: “se llama dominio o propiedad al derecho de poseer exclusivamente una cosa y gozar y disponer de ella, sin más limitaciones que las establecidas por la ley o por la voluntad del propietario. La propiedad separada del goce de la cosa, se llama mera o nuda propiedad”. Ahora bien, dominio y propiedad, en este artículo, serán consideradas como ideas equivalentes, a pesar que para algunos existen ciertas diferencias consistentes en que la idea de dominio es más extensa que la idea de propiedad, o al hacer consideraciones no necesariamente tautológicas, como el hecho de indicar que la “propiedad, la plena y perfecta propiedad, confiere u otorga al dueño de una cosa un derecho de dominio” (OCHOA, O., 2008, p. 117).

La conceptualización del derecho de domino o propiedad, a la luz de la dogmática de la ciencias del Derecho, puede agotarse, aún con ciertas dudas, con lo dispuesto en el artículo 568 CC. Sin embargo, el contenido del derecho de dominio, socialmente hablando, va más allá de la simple delimitación descriptiva que puede hacer de él un texto jurídico, porque al final de cuentas ¿qué hace que se respete un dominio?, ¿cómo se explica la propiedad?, ¿por qué se ha extendido con generalidad en la conciencia colectiva, al punto de llegar a ser considerada como una meta “el aumento de la propiedad”?, ¿por qué la propiedad concentra poder y evade distractores?, o incluso, ¿por qué se transfiere o transmite? Estas preguntas no son contestadas ni por las leyes codificadas ni por las razones jurisprudenciales, ya que el Derecho, y sobre todo el Derecho Privado, se limitan a proteger y prorrogar un orden socialmente establecido, un sistema de vida institucionalizado, o, si se prefiere, un status quo que no se cuestiona sino que se vive.

Cualesquiera que sean las consideraciones que se hagan, la realidad es que la idea de propiedad envuelve una gran cantidad de significaciones simbólicas que permiten que la sociedad, de la que nadie se sustrae, sea lo que hasta ahora conocemos de ella, pues nada sería igual si el Estado, la propiedad y el Derecho hubieran sido abolidos por la filosofía comunista, por ejemplo. En todo caso, una visión conservadora o revolucionara acerca de la propiedad siempre concluye que se trata de un fenómeno que se ha insertado en el estilo de vida, en las formas de represión, en los mecanismos de obtener placer y en las razones para ser feliz. Entonces, ¿cómo opera el derecho de propiedad?, ¿qué es eso que parece estar tan ligado al estilo de vida contemporáneo? Una respuesta acabada no puede ser obtenida en este artículo, considerando la amplitud de textos que se han producido sobre este tema, pero más allá de ello, lo que acá se quiere destacar es que pensar en el derecho de propiedad implica pensar en la representación simbólica que se adhiere a la legitimidad de la posesión.

El hombre es un ser social, cohabita en interacción con sus pares. La sociedad es por naturaleza un centro de intercambio, y “para que exista intercambio, tiene que haber algo que cambie de manos en el curso de la transacción, algo que se pone a disposición y se recibe. Este algo puede ser el control de un objeto físico en ciertos respectos, incluyendo el poder de destruirlo. A este algo llamaremos posesión” (T. PARSONS, p. 49). Además, “una posesión ha sido definida como una entidad que es transferible de un actor a otro, que puede cambiar de manos a través de intercambio. Esta entidad – la posesión como tal – es siempre un conjunto de derechos. Dicho de otra manera, el derecho del ego implica la obligación negativa del alter de abstenerse de interferir en el uso o control de los derechos de posesión del ego; a veces, puede requerir realizaciones positivas del alter, tales como renunciamiento de un modo de control que pertenece por derecho al ego” (T. PARSONS, p. 80).

Ahora bien, según los parámetros del orden legal, “la posesión es la tenencia de una cosa determinada con ánimo de ser señor o dueño, sea que el dueño o el que se da por tal tenga la cosa por sí mismo, o por otra persona que la tenga en lugar y a nombre de él”, según lo indica el articulo 745 CC. A su vez, el orden legal crea o reconoce otras figuras simbólicas para salvaguardar un orden social preestablecido, para dar un margen de estabilidad a las relaciones intersubjetivas que cobran lugar sobre los objetos. Por ejemplo, de la posesión se deriva la tenencia, como un acto material de apropiación de la cosa – para considerarse dueño –; en contraste a la mera tenencia, que se trata de un acto material de apropiación de la cosa sin el ánimo de ser poseedor, esto es, sin ánimo de llegar a ser dueño de la cosa que se posee, según lo establece el artículo 753 CC. Pero hasta acá, todo es una abstracción jurídica que en nada cómo opera el derecho propiedad en sí.

Dimensión social

Cuando el articulo 568 CC conceptualizada la idea de propiedad, refiere que la propiedad es el derecho de poseer exclusivamente, porque la propiedad es el título que se alega para conservar, defender, recobrar y hacer valer la posesión; para evadir, atribuir e imponer el respeto de algo que cambia de manos, de aquello de lo cual se puede disponer según la voluntad de su titular lo determine. Ese derecho por el cual a veces se explota, se engaña, se ejerce violencia y se sobrepone la irracionalidad, no es más que el reconocimiento de algo que es poseído por otro y cuya posesión es reconocida con cierta generalidad equilibrada. Ese algo es un foco de poder, un poder para infundir respeto, admiración, orientación u opresión.

Entonces hay que decirlo, la propiedad tiene lugar sólo en la medida que existe un reconocimiento de la posesión adscrita al titular de ese derecho, por parte del resto de individuos que interactúan juntamente con él en el conglomerado social, pues en términos jurídicos, existe propiedad cuando la posesión de un objeto se reconoce que le pertenece a un sujeto en particular y cuya defensa legal es necesaria para que ese reconocimiento no se altere. Caso contrario, ese derecho es objeto de debate, de ahí que sea necesario la publicidad registral (Registro o Conservador de la Propiedad).

De esta forma, es la posesión, la auto-atribución del señorío de una cosa sin oposición fundada – y su reconocimiento social –, la que engendra la propiedad y, a la vez, otras figuras jurídicas de especial importancia para el tráfico de bienes, como lo es el usufructo, la nuda propiedad, la tenencia, la mera tenencia, la posesión regular e irregular, la prescripción adquisitiva, las acciones posesorias, la acción reivindicatoria y más; cuya tutela está a cargo del Derecho y sus derivaciones, como el sistema judicial.

La propiedad es el título que legitima la posesión, al grado que cuando se transfiere el dominio de los bienes a través de los diferentes títulos traslaticios del mismo, es necesario destacar que el vendedor transfiere la posesión del bien al comprador, porque es necesario que el señorío que se alega sobre un objeto realmente se ejerza. Aquí tiene lugar la idea de que nadie dispone de lo que no tiene. Desde luego que esta visión no agota la totalidad de transacciones jurídicas que giran en torno a la propiedad, pero aun así, ésta se sustenta principalmente en la idea de posesión.

La propiedad una expresión del ser egoísta
La propiedad una expresión del ser egoísta

Ciertamente, el artículo 745 CC arroja elementos inteligibles que permiten deducir que la posesión no discutida legitima la propiedad. Ahora bien, este es un orden legal institucionalizado en el devenir histórico de la humanidad, porque el origen de la propiedad está íntimamente vinculado a la explanación del poder, a la apropiación natural de los objetos, al reconocimiento por parte de los semejantes de que esa apropiación es legítima; porque nadie, ordinariamente, quiere obtener el pleno dominio de los bienes para que otros aleguen la propiedad de ellos.

Ahora bien, ¿por qué no se discute la propiedad de los bienes que se sabe que pertenecen a otros? Seria apresurado dictar una respuesta absoluta, pero no parece suficiente decir que se respeta la propiedad únicamente porque la ley lo ordena. En términos sociales y psicológicos, el anhelo de legitimar la posesión a través de la propiedad se vuelve una pauta de valor que se exalta, aún más, en la ideología liberal del sistema capitalista. En la medida que esa pauta es aceptada por el resto de los individuos suceden dos fenómenos, el primero es represivo y el segundo persuasivo.

El primero tiene lugar a nivel social, y se manifiesta en la institucionalización de la propiedad, al grado que la propiedad se protege por los diferentes actores jurídicos del sistema social. Justamente, “un sistema estable de intercambio presupone un establecimiento a priori entre los modos alternativos posibles de definir tales derechos; o lo que es igual, una institucionalización de ellos. La institucionalización de los derechos a esas posesiones es, en un aspecto principal, lo que queremos decir por institución de la propiedad” (T. PARSONS, p. 49). Y aquí se crea todo un enramado defensivo que impide alterar el equilibrio de las posesiones, a través de abstracciones jurídicas, como las sanciones penales; y por medio de actividades empíricas, como las agencias de policía que se dedican a cuidar los bienes ajenos. La propiedad crea, pues, toda una agencia de policía que se dedica a su cuidado. Este es el lado represivo del discurso de la propiedad que obliga a respetar lo que le pertenece a otro.

El segundo fenómeno tiene lugar a nivel individual, y consiste en la interiorización del anhelo de poseer, porque el individuo mira una posibilidad de poseer, de ejercer poder, de satisfacer las expectativas de éxito que el sistema ideológico crea, a través del aumento de la propiedad, del patrimonio, del poder adquisitivo o liberatorio. Y con este fin se crean un conjunto de medios para que esa expectativa se mire como “muy posible”, a través de la libre circulación del dinero, de los títulos valores, de la prestación del crédito, de la cultura del ahorro y de la dignificación del trabajo, aunque en ocasiones éste ceda a la explotación y cosificación humana. Este es el lado persuasivo del discurso de la propiedad que crea la expectativa de llegar a poseer legítimamente lo que le pertenece a otro. Así, pues, la propiedad se institucionaliza en la sociedad y se interioriza en la personalidad, volviéndose una razón de posesión.

La propiedad es la adscripción social de las cosas que se dicen poseer por derecho, que sirven de instrumento para la auto-subsistencia no oprimida en sociedad. La propiedad, entonces, es el título que avala la posesión indiscutida de las cosas, como un instrumento para liberarse del dominio u opresión de un mundo materialmente despiadado. En este sentido, a pesar que los seres humanos no son objetos de propiedad, paradójicamente, quien no cuenta con propiedades es objeto de dominio por el resto de sus pares que si cuentan con ellas. Por ejemplo, ¿qué significa el despido injustificado del trabajo?, ¿acaso la relación de trabajo dispone que el trabajador es un instrumento que puede ser desechado? Desde esta perspectiva, la propiedad es un instrumento que desliga al ser que las adquiere del dominio de aquellos que tienen más posesiones.

Se revive la idea hobbesiana de que el hombre es el lobo del hombre, porque para evitar ser víctima del poder patrimonial de los semejantes es necesario ir tras ese poder. Así se produce y reproduce el ciclo instrumental de la propiedad, porque el ser social actúa como pequeña partícula que se adhiere a las metas o valores que el sistema social institucionaliza y a las expectativas que cada ser humano interioriza. Y es que “bajo la influencia de la libre competencia y, en general, del liberalismo, nació la costumbre de considerar las monadas como algo absoluto, como un ser en sí” (ADORNO, T. y M. HORKHEIMER, 1969, p. 45). La propiedad es una expresión del ser egoísta que cada persona engendra con el fin de sobrevivir en un mundo alienado, porque las cosas en sí misma, no dejan de ser cosas, pero aun así, el individuo las clasifica en cosas públicas o privadas, en bienes o cosas, con titulares determinados o difusos, y más; como si el mundo fuera un campo que debe ser poseído según la liberalidad individual y la interacción social lo permitan.

Reconocimiento social

La propiedad es el título que legitima la posesión, la abstracción que da razón de ella, porque la propiedad no existe como una adscripción natural a la que cada individuo se adhiere, a pesar que puede ser transferida y transmitida, no se configura llanamente en la espontaneidad de la vida, sino que se integra sólo en la medida que existe la vida en sociedad, porque “la vida humana es en esencia convivencia” (ADORNO, T. y M. HORKHEIMER, 1969, p. 46). Si tomamos en cuenta que cada sujeto de derecho es un individuo social, un ente indivisible y singular que participa en comunicación con los demás, entendemos que el ser social no es sólo individualidad, porque “antes de ser individuo, el hombre es uno de los semejante” (ADORNO, T. y M. HORKHEIMER, 1969, p. 46).

La abstracción formal de alegar la propiedad y el acto empírico de poseer, son situaciones paralelas que acreditan el pleno señorío sobre las cosas. Pero se insiste, esta idea no está subyugada a la propia naturalidad individual, sino a la interacción social equilibrara de los individuos, y esto se explica de la siguiente forma: la propiedad de una cosa se legitima no por el simple hecho de poseerla, sino porque no existe oposición al respecto.

La propiedad no se vincula excepcionalmente al señorío que cada sujeto ejerce sobre las cosas, sino a que sus semejantes también reconocen ese señorío. Esto se confirma en los estados de guerra, en los regímenes de excepción y en la función social de la propiedad (expropiación por utilidad pública), en los que aquella institucionalización aceptada de la propiedad desaparece incidentalmente a causa de un desconocimiento del señorío, del dominio, de la necesidad de respetar lo ajeno. Se cuestiona, pues, la idea de que la propiedad es un derecho absoluto, porque tal cualidad absoluta únicamente se tolera cuando existe un equilibrio por parte de los actores sociales, dando legitimidad a la posesión que otro ejerce sobre los bienes.

En conclusión, el derecho de dominio o propiedad antes de ser un derecho adscrito a la naturalidad individual, es un reconocimiento del señorío que realizan los demás sobre ciertas cosas que se poseen. El derecho de propiedad no existe sólo porque la ley lo protege, ni porque el individuo simplemente se lo auto atribuye, sino también porque el orden social de los pares lo avalan y se someten a las consecuencias que la ley dispone. Todo este juego de significaciones interactivas lo que hace es concentrar poder, porque en el reconocimiento de que un objeto le pertenece a un individuo en particular existe una forma de disciplina, un poder para congelar la conducta desviada que atenta contra la integridad de la posesión. Esto se confirma con la “la propia definición famosa del poder, los medios presentes de un hombre para cualquier bien futuro, de Hobbes” (T. PARSONS, p. 81). Entonces, lo que el Derecho debe hacer, más que proteger el orgullo individual de poseer, es proteger que aquel sistema ordenado que reconoce las posesiones no sea alterado por un individuo en contra de la colectividad que lo reconoce, porque la propiedad, en este sentido, tiene un alcance social (“esto es mío porque me pertenece y porque lo demás lo reconocen). Esta es la visión socialmente legítima de la propiedad.

Referencias:

  • ADORNO, Theodor y Max HORKHEIMER, La sociedad. Lecciones de sociología, traducción de Floreal Mazía e Irene Cusien, Proteo, Buenos Aires, 1969.
  • OCHOA G., Oscar O., Derecho Civil: Bienes y derechos reales, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 2008.
  • TALCOTT, Parsons, El sistema social, p. 107 y ss., cuya versión utilizada en este artículo puede consultarse en http://db.tt/k3wHJOa6. Versión en inglés, no utilizada acá, disponible en http://home.ku.edu.tr/~mbaker/CSHS503/TalcottParsonsSocialSystem.pd

Si quieres citar este artículo, hazlo así:

PALACIOS, CRISTIAN. “EL DERECHO DE DOMINIO O PROPIEDAD”. Publicado en la Revista Jurídica Digital “Enfoque Jurídico” el 01 de octubre de 2015. http://www.enfoquejuridico.info/wp/archivos/3937